Si yo pudiera olvidar
que te quiero, entonces nunca serías recuerdo. Historias de una noche que se
adentran en las entrañas de la tierra, Sacromonte de Graná, cómo te voy a
olvidar; zambra abierta, baile que
envuelve, estrechura de la vida, licor del alma.
Asomás están las
estrellas para ver tu cadenilla de bronce. Pendientes de un suspiro, de unos
labios, de un deseo, de un beso contenido, vale más que no se pierda.
Risas y gestos que allí
se dibujan en sombras encalás, toque de guitarra, paseo en alpargatas, espaldas
que se cubren con rocío, vida que se
guarda para cuando haga falta.
Cuántos momentos tuvo, madrugá
de soles, veranillo de San Miguel, palabritas enredás, sin saber, sin imaginar.
De la Atlántida tuvo que llegar la brisa buscando la calidez de una caricia,
reposo en una copa de vino, poema que se quema.
Sin ti ahora, me dedico
a olvidarte cada diez minutos.
Música que acompaña entre
lecturas y pensamientos; mesita de noche, lamparilla luz de melocotón. A veces
lo tenemos tó y nos empeñamos en que no.
Vida descalza en mitad
de la corriente, deshielos de Sierra Nevada, zapatos que bailaron toda la noche
y ahora duermen tendidos en una rama de
almendras tostás.
No te olvidaré porque
cuando cantas, lo que se me olvidan son las lentejas que tenía puestas.
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